Mariana Eva Perez: “La dictadura es un tema que no nos suelta porque no está resuelto"
La escritora de Diario de una princesa montonera, 100% verdad presenta su nueva novela, Constanza y Matute (hacen la porquería), para explorar cómo los efectos de la última dictadura militar siguen atravesando la vida cotidiana, el deseo, el humor y los vínculos.
Constanza y Matute (hacen la porquería) es la nueva novela de Mariana Eva Perez: una romcom sobre hijos de desaparecidos atravesada por humor y contradicciones. Estos dos personajes se encuentran y desencuentran constantemente para preguntarse por los vínculos, la identidad y el deseo.
Constanza es una antropóloga forense que trabaja en la identificación de restos humanos de víctimas desaparecidas durante la última dictadura militar. Además, es hija de militantes desaparecidos. Su encuentro con Matute surge a partir de la búsqueda de un familiar para realizar un estudio de sangre y confirmar así la identidad de una persona desaparecida.
Como suele pasar, los planes no salen como uno espera. Matute rechaza todo lo relacionado con la desaparición de sus padres, mientras que, por el contrario, Constanza se pregunta cómo es posible que actúen de maneras tan distintas si ambos fueron atravesados por el mismo trauma.
A partir de esos encuentros, en los que ella intenta conocer su historia, se construye un vínculo que va más allá de lo políticamente correcto. Mientras las escenas de sexo ganan protagonismo, también hay en el fondo dos niños criados por sus abuelos mientras sus padres faltaban.
Detrás de esta historia está la pluma de Mariana Eva Perez, quien ya se había convertido en un fenómeno editorial con Diario de una princesa montonera: 100% verdad. La autora es hija de militantes montoneros desaparecidos durante la última dictadura militar y además es querellante en la causa que investiga la actuación de la RIBA (Regional de Inteligencia Buenos Aires de la Fuerza Aérea).
En esta entrevista con Filo.News, la escritora cuenta cómo surgieron las voces de estos personajes, qué contradicciones aparecen como consecuencia de la desaparición forzada y qué lugar ocupan el arte y el humor en relación con lo político.
Mariana, ¿cómo surgieron estos personajes tan marcados como Constanza y Matute?
-Qué pregunta. La novela la empecé a escribir hace tres años y medio, y me aparecieron con mucha fuerza estas dos voces definidas que fueron construyendo sus propios personajes, con sus formas de hablar y, por lo tanto, de pensar y de actuar. Es la primera vez que escribo ficción; yo vengo más de la dramaturgia, no tanto de la narrativa. Algo que me divirtió mucho y, a la vez, sostuvo mi indagación de otras cosas más complejas fue el juego de los opuestos entre ellos: llevarlos hasta el ridículo con premisas muy radicales. Por ejemplo, a Matute no le gusta hablar de sus padres desaparecidos y nunca quiere hablar de eso, en ningún momento. Entonces, era contar esta historia a partir de límites que me imponía yo misma.
Una sensación que deja el libro es que la dictadura no está lejos, en el sentido de que pasaron 50 años pero por ejemplo, el personaje de Constanza, que es antropóloga, sigue buscando cuerpos. ¿Qué querías mostrar con esa persistencia?
-Creo haber podido mostrar que los efectos de lo que pasó en la última dictadura militar siguen actuando, siguen estando, y que afectaron y afectan a muchas vidas de maneras muy diversas hasta el día de hoy. También hay temas que no se agotan solamente en la dictadura. Por ejemplo, los roles de aquellos abuelos y abuelas que en su momento nos cuidaron a nosotros y cómo eso también nos ha condicionado. La verdad es que ahí estoy hablando desde mi lugar. Realmente, mis proyectos de vida hubieran sido otros si no hubiera estado a cargo de mi abuela. Debería haber habido una familia más amplia o una generación intermedia entre ella y yo. Está faltando mi mamá en el medio. Me parece que eso está invisibilizado.
En esto que planteás, la novela ubica a los abuelos no tanto en el lugar de quienes buscan a los nietos apropiados, sino en un rol de cuidado. ¿Esa construcción estuvo presente desde el comienzo?
-Sí, eso estuvo desde el principio. Después de publicar Diario de una princesa montonera, tenía la sensación de que lo siguiente tenía que ser algo relacionado con mis abuelos. Yo quería escribir sobre ellos, pero no sabía cómo. Tuve un blog hace muchos años que se llamaba Decía mi abuelo; todavía está porque nunca lo cerré. Lo empecé a escribir con cosas que decía mi abuelo, que murió cuando yo tenía 12 años. Fue un momento de reencuentro muy lindo con esa figura y también con la escritura. Ahí hay muchas expresiones que aparecen en esta novela a partir de Constanza y Matute, que fueron criados por sus abuelos. Entonces, al final, terminaron entrando en la historia, no como personajes autónomos, sino a través de los relatos de ellos.
¿Qué lugar ocupan los hijos que crecieron atravesados por las decisiones y las luchas de sus padres?
-Lo que nos pasó no nos santificó, no nos convirtió en buenas personas a todos los que, de una manera u otra, la dictadura nos afectó. Me arriesgaría a decirte que, más bien, fue lo contrario: nos rompió. En muy pocos casos alguien hizo de eso una virtud; en la mayoría, nos arrasó. Los pocos que somos y que estamos en condiciones de hacernos preguntas o decir algo con sentido sobre esto tenemos que ser prudentes y no pensar que somos representativos de nada. Eso me importa decirlo. Yo escribo esta romcom porque quiero y porque puedo; es lo particular de mi lugar de enunciación en este momento, después de haber militado desde chica en los movimientos de Derechos Humanos, de haber encontrado a varios hijos de desaparecidos y de haber sido querellante en juicios de lesa humanidad. Ya no tengo que pagar más peaje y, al contrario, me siento obligada a derrapar, en el sentido de correrme hacia un costado y ver qué pasa ahí. Constanza tiene su vida dedicada a sus padres y, mientras habla pestes de la conducción nacional de Montoneros, tiene tatuada la estrella federal. Esas contradicciones se dan desde el amor total, desde la entrega total.
¿Sentís que esas contradicciones o esas experiencias de las que hablás tienen poco lugar en el espacio público?
-Puede ser que sean contradicciones de las que no se habla o que muchos no se animan a hablar, pero veo que en el arte sí aparecen: en las novelas, las películas y el teatro hechos por compañeros que sufrieron la dictadura siendo chicos. El arte es una gran fuente para mostrar estas contradicciones, para demostrar que el dolor sigue activo y también para contar lo nuevo que está pasando, que quizás tiene que ver con los juicios y con los límites que vamos encontrando en el proceso de juzgamiento a los militares, que empiezan a morirse pero todavía nos deben un montón. El tema de la infancia todavía nos lo deben. Hay muchas situaciones de desamparo total que la Justicia sigue negándose a nombrar. Los discursos más públicos se empobrecieron con respecto a estos temas, pero en el arte no. Siguen siendo súper estimulantes estas propuestas memoriales, que continúan siendo originales. Es un tema que no nos suelta porque no está resuelto. Seguimos caminando sobre el cuerpo sepultado.
Constanza pertenece a un grupo de antropólogos dedicado a identificar restos de personas desaparecidas. ¿Te acercaste al Equipo Argentino de Antropología Forense para construir el personaje?
-Sí, visité como investigadora al Equipo Argentino de Antropología Forense, que trabaja en la ex ESMA, y me acuerdo mucho de ese encuentro. En ese momento estaba trabajando temas de arquitectura forense y recuerdo haber visto la dentadura de un desaparecido. Pensé: “Qué linda”, porque, claro, era muy joven; faltaban piezas, pero se veía linda porque eran todos jóvenes. Verlos también da cuenta de que existieron. Fue una impresión muy fuerte para mí.
¿Cómo juega el humor?
Me parece que el humor tiene que ver con las posibilidades de nombrar y de decir. Yo tengo amigas muy cercanas, incluso amigas que hace muy poco encontraron restos de sus papás en La Perla, con quienes muy raramente hablamos en serio de estas cosas. Constanza quisiera hablar y reírse con Matute, pero no puede. A ella le parecería el colmo de lo romántico, pero él no entra en ese código, no quiere. Para ella eso es importante porque es como un submundo que vuelve tolerable todo lo otro. Hacer chistes con el dictum de Videla de “no están ni vivos ni muertos” es como tener ese tipo de chistes con una amiga para que todo pase a través del humor y, de alguna forma, se vuelva habitable. Tampoco quiero intelectualizar demasiado: el humor, para mí, hay que escribirlo y nada más.
Sobre Mariana Eva Perez
MARIANA EVA PEREZ nació en Buenos Aires en 1977. Es licenciada en Ciencia Política (Universidad de Buenos Aires) y doctora en Literatura Románica (Universität Konstanz, Alemania). Publicó Diario de una princesa montonera - 110% Verdad (Planeta, 2021), un clásico de la literatura postdictatorial que va por su sexta reedición, y Fantasmas en escena. Teatro y desaparición (Paidós, 2022), tesis doctoral que recibió el Premio de Promoción Científica de la Ciudad de Konstanz (2021). Constanza y Matute hacen la porquería es su último libro.
Escribió la dramaturgia de Instrucciones para un coleccionista de mariposas (2002), Ábaco (2008), Peaje (VI Premio Germán Rozenmacher, FIBA, 2009) y ANTIVISITA/Formas de entrar y salir de la ESMA (2022). Sus obras se representaron y publicaron en Argentina y en el extranjero.
También coeditó El pasado inasequible. Desaparecidos, hijos y combatientes en el arte y la literatura del nuevo milenio (2018) y participó de las antologías Infancias sobrevivientes (2025) y Materia de memoria (Emecé, 2026).