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El artista de Sarandí presentó su nuevo disco EL QUE COMPRÓ PERDIÓ, ante dos Nicetos agotados y confirmó su crecimiento dentro de la escena urbana. Una crónica desde el corazón del under: pibes, ritual, comunidad y consagración.

Nota escrita por Martín Mozotegui
Viejas Locas sacó Homero en 1999, en la antesala del estallido de la crisis neoliberal. Una canción autobiográfica escrita por Pity Álvarez como homenaje a su padre. Una voz obrera que expone la dura rutina, la dignidad y el cansancio de un obrero argentino, desde los márgenes que empezaban a tomar centralidad y subirse a los escenarios.Un año después, en el 2000, nació Little Boogie.
Martín Velázquez tiene 25 años y creció en los monoblocks de Sarandí. Anoche, en Niceto lleno por segunda vez, hizo un cover de ese tema. No como homenaje. Como algo propio.
Viene del freestyle, de El Quinto Escalón, de la calle, de los trenes. Fanático de Michael Jackson, mezcla baile con relato. En sus proyectos aparece todo eso: la crisis, el barrio, el cine, la fama y la bronca de una generación que busca ser escuchada.

Se producen con los smartphones y compus que tienen a mano, circulan por Spotify, explotan en TikTok, llenan Niceto. Entonces la pregunta aparece: ¿qué es el under?
Antes de que empiece el show ya hay algo pasando. Pibes muy chicos, varios a caballito, gritando, saltando, empujándose como si Little Boogie ya estuviera en escena. No esperan. Ya están adentro. Las luces bajan y una sirena se hace eco del lugar. Un reflector blanco apunta a la multitud y una persona aparece en escena. Un pibe con la cara pintada de rojo habla de esa luz, “el alma de Little Boogie”, y de que hacen falta cuatro elementos para que aparezca.
No es un recital. Es una invocación. “Una experiencia sensorial”, en palabras del de la cara pintada. Los más odiados, ya están en escena.
Antes de arrancar del todo, el micrófono se comparte: un pibe del sur, otro del norte. Batalla, freestyle, beatbox. Espacio real para los que todavía están abajo, para los que tocan en los trenes, para los que patean la calle. Un aplauso para esos pibes.
Y si hay una regla es que está prohibido mantener los pies en el suelo. Y el público la cumple. Su disco EL QUE COMPRÓ PERDIÓ salió hace unos días. El show arranca con ese primer tema del disco, el que le da nombre al álbum. Todos lo cantan. Es que Martín es un artista que no para de crecer. Apadrinado por Ca7riel y Paco Amoroso, abrió los shows de Milo J en el Arena de Villa Crespo y en el Estadio Vélez Sarsfield, y participó en Lollapalooza Argentina con una performance de lucha libre junto a Vicente Viloni, La Masa y un clásico de sus shows, El Doctor.
En un momento pide que se agarren de las manos. Y nadie lo duda: lo hacen. Cientos de pibes unidos. Después, un grupo se arrodilla para cantar tal vez la más triste del repertorio. “Mamá tenía razón, que yo iba a ser un ladrón, porque a todas esas groupies les robé el corazón”. Ya no es relato. Es identidad. El show, que duró cerca de dos horas, pasó por todos los estados: sus clásicos y sus temas más nuevos.

El cierre llega con tal vez su tema consagratorio. “Compa lo hicimos”, con sample de “Por una cabeza”, el tango de Carlos Gardel. Y en el medio del desborde aparece esa frase: “Compa, lo hicimos”. No es solo él. Es el barrio. Los amigos. La familia. Los que estaban antes. Los que se suben ahora. “Para todos los que dijeron que no podía. Si yo pude, vos también podés”. Y abandona el escenario.
Tal vez el under sea eso: una comunidad, una voz de esperanza. Algo que ya no está abajo, pero que sigue funcionando como si lo estuviera. Y que, por una noche o dos, se consagra en Niceto y en cada uno de esos pibes que pagó una entrada para ver a uno de los artistas más completos del trap argentino.
Nota escrita por Martín Mozotegui

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